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viernes, 6 de mayo de 2016

UNA CASA DE LA QUE NO ME GUSTA HABLAR

Se habla mucho de ella, en pasado, presente y futuro, incluso yo he hablado, que no suelo, y no porque pase del tema. Es algo omnipresente y más en los últimos tiempos, con todo lo que se está destapando, la convocatoria de nuevas elecciones y lo atomizado del mapa que tenemos. 

¿Cómo voy a pasar? No se puede pasar de algo que incluso por pasiva involucra a las personas. A veces reporta intensas alegrías pero las decepciones, todo hay que decirlo, suelen ser mayores aún. Decepciones que sufrimos y lamentamos mucho puesto que siempre esperamos que nos dé más. Mucho más.





Pero no; no me gusta hablar de política —la casa común— porque me intriga más y por delante otra casa: la particular. No la domiciliaria, sino la que habita cada quien en su mismidad; a fin de cuentas es la que termina nutriendo el resto.

¿Por qué digo esto? Porque cada uno estamos en esas otras casas como estamos-somos en la personal-particular-íntima. 

Ninguna de las que habitamos presenta un camino cómodo, seguro o exitoso. Me digo, mirándome a los ojos, que si fuera así, si cada cosa que he construido hubiera ido rodada y no hubiera estado hecha de esa argamasa esforzada, paciente y perseverante, no hubiera experimentado la satisfacción del logro. Lo nuevo cuesta, atemoriza, desconcierta; atravesarlo provoca incomodidades y resistencias. Es como si todo lo nuevo se riera un poco de nosotros. 




¿Cómo elegir quien gestione la casa común si no hemos aprendido a gestionar la nuestra? ¿Cómo alcanzar un equilibrio de todas las fuerzas, si antes no hemos sabido alcanzarlo en nuestras esferas más íntimas y privadas? Si hoy me levanto animada, pero mañana no quiero saber nada de mí. Los debates mediáticos —pongo por caso— que alguna luz podrían arrojar o aportar alguna pista de cómo manejarse en el caos, no son sino espectáculos de broncas y asaltos donde lo raro es escuchar. Y se me hace que no escuchamos fuera porque no escuchamos dentro. 

¿Es posible alumbrar un mundo pacífico y armónico con individuos agresivos y egocéntricos que sueñan con imponer su exclusiva visión parcial? 

Los sabios y los grandes humanistas lo han dicho siempre: como es adentro es afuera. Los problemas que aquejan a la sociedad son los mismos que nos aquejan por dentro y que no terminamos de solventar. De manera que no despotriquemos del mundo mientras en casa —en la casa íntima— no hemos levantado alfombras ni ventilado habitaciones. A veces tengo la sensación de que anhelamos una casa común construida a partir del tejado, como a lo loco; luego ya, si eso, iremos viendo, que con un poco de suerte al lobo le extirparán los pulmones y aunque sople... 





Somos ingenuos al pensar que tenemos un gran fuerte construido, confiados en que la fortuna nos venga de cara mientras hacemos lo justo para seguir viviendo así, en precario. Algo de afuera vendrá y nos salvará. ¿Por qué emplear tiempo entonces en construir nuestra propia salvación? No nos entra en la cabeza que de acometer esa reforma particular, y aunque parezca mentira, las demás vienen solas. No hay viento que las derribe, y si lo hubiere, tendremos la fortaleza suficiente para volver a empezar. Es hora ya de colocarse en nuevos paradigmas, para que los movimientos que empiezan a tomar cuerpo afuera se consoliden y no haya bufido, por poderoso que sea, que pueda con ellos.

El mundo tiene problemas complejos y necesita personas que hayan hecho de la complejidad personal un arma de flexibilidad y creatividad. Hora de hacernos preguntas que nos conduzcan a explorar aspectos nuestros, íntimos, personales, que ni remotamente nos habíamos planteado. Así lo siento. La queja por la queja está demasiado vista. No creo en ella. No mueve. Solo fatiga y carga el hígado mientras que cada uno sigue defendiendo a capa y espada su razón. Sin atención ni cuidado, dispuesto a la pelea si el contrario se pone bravo. ¿Para cuándo algo distinto?

Ay, esa casa común. Y ese adosadito propio... tan preciado y tan precario.


Dos citas, para terminar:


"Si centramos nuestra atención en lo que nos molesta, la estamos desviando de lo que realmente nos interesa".

La Danza de la Vida



"Todo el mundo pone el foco en lo mismo y nadie en lo que va bien: en Palencia sigue creciendo el trigo y en Navarra salen unas alcachofas maravillosas. Y son noticias estupendas".


Óscar Terol, guionista de la serie "Allí abajo".











viernes, 22 de abril de 2016

PIEDRAS (III)





Arriba, la majestuosidad de la obra de arte; abajo, la dignidad de lo humilde. La gloria de ser piedra de iglesia o el orgullo de ser mole, y no ya en el cauce, sino, poco a poco, el cauce mismo.


Las piedras de abajo parecieran instar a la prudencia a las que conforman el templo porque... ¿no se advierte en ellas un aire de osadía?

Las piedras de arriba parecieran animar a las del cauce a auparse hacia lo alto porque... ¿no se advierte en ellas un aire de indolencia?

Estoy haciendo una humanización de las piedras, una interesada y recíproca contemplación: por un lado, cada una parece disfrutar de los valores de la otra; por otro, como que expresara fastidio por algún aspecto que le resulta hostil o no comprende.

Pero cuando la dualidad se borra, humanos y piedras somos una misma cosa.



¿Somos una misma cosa? ¿Estoy segura de lo que digo? ¿Piedras y humanos padecemos las mismas tensiones, miramos unas y otros hacia el porvenir con el mismo rictus preocupado? Provenimos del polvo de las estrellas, pero algo ha pasado para que nos debatamos en discursos así mientras 
ellas, las piedras, siguen viviendo por los siglos de los siglos 
al borde del secreto. Energía, frecuencia y vibración, que es 
donde están contenidos todos ellos, todos los secretos. 
Tal cual lo aseguraba Nicola Tesla.




Y en el fondo, la quietud profunda que es la disolución de todo. Unas y otras, arriba y abajo, y siendo más allá de las propias historias de cada una. La mirada de quien observa —de quien escribe ahora— se vuelve entonces dubitativa ante todo este valor que, aun no pareciéndolo, es evanescente: árboles, hierba, sol, alguna gente (poca), la luz embrumada (*) que juega con el agua de los aspersores que riegan el cauce seco. Yo misma.


Luz embrumada que juega.



No se mueven. Las piedras no se mueven.

Y porque no se mueven me invitan a disfrutar de manera menos comprometedora y me abren un camino a la reflexión, a la pura y simple contemplación de ese todo que es la casa cósmico-amorosa.

Jacques Brosse se preguntaba por qué leer enigmas cuando son tan claras las verdades minerales. Entonces sí, si dejo de preguntar y solo observo, tal vez, seamos una y la misma cosa.










(*) Gracias, amiga mía, por prestarme el embrumamiento.









viernes, 8 de abril de 2016



LA CASA-MUNDO




Cierro los ojos y vuelo a…, pongamos una montaña (cualquiera me vale). El aire frío de la mañana tropieza con las huellas cálidas de mi respiración. Valga decir que estamos casi arriba, con un mar de nubes por debajo y picos asomando, como náufragos que sacaran la cabeza para respirar. A unos metros, las ruinas de lo que debió ser antaño una cabaña de pastores y, a su alrededor, rocas salpicadas, ociosas, como si todo el trabajo estuviera hecho; en el cielo, hilos blancos que invitan a jugar, a tomarse las cosas así, con levedad. Casi no hay árboles en pie. A la izquierda, un río de aguas transparentes, nerviosas como novias en sus primeras citas.




Caminas a mi lado. Nos sonreímos. No es preciso decir nada. Continuamos ascendiendo. Me paro a tomar resuello y a mirar una flor extraña. Te adelantas. Corro un poco para alcanzarte. Siento mi cara roja y mis ojos virando un poco a verde y blanco, anegados de paisaje. Al poco, eres tú quien se para. Tienes calor. Hace diez minutos que te has quitado el «plumas» y ahora le sigue el forro. Aprovecho para sacar fotos (ante espectáculos así me vuelvo avariciosa; todo me lo quiero llevar). Miras a un lado, miras a otro, me miras a mí. Sonrío. Un pájaro negro (¿un cuervo?) se posa a pocos metros; parece no temer a los humanos. Instantes de belleza superlativa.




No sé qué edad tendríamos, unos catorce tal vez. Hablábamos de hacer una excursión y algunas dijimos “al monte”. « ¿Al monte, a qué? ¡Si luego hay que bajar!» dijo alguien. Cierto: al monte, a qué. A sudar, a cansarse, a ver horizontes inmóviles y nubes viajeras, algún que otro pájaro negro. Y flores raras. Y riachuelos. Y árboles muertos. A veces, a torcerse el tobillo o a pasar apuros cuando el camino se ha vuelto intransitable. Cómo explicárselo.

Ir al monte no es perfecto. Tampoco el mundo lo es. 

Y a eso vengo. A reconocerlo como lo que es. 

Hay violencia, basura, explotación, cacas de perro —que no son responsabilidad de ellos—, animales abandonados, corrupción… y, sin embargo, ¡tantas cosas hermosas! No entiendo ese empeño en que lo feo enmascare lo bello. Me entero de las malas noticias a mi pesar. Incluso quienes se ocupan de reivindicar un mundo mejor exhiben imágenes sangrientas en sus carteles, camisetas, vídeos y reseñas, y hablan en términos de lucha; muy cabreados, a veces. Demasiada adrenalina. 

Sé que la ignorancia-inconsciencia termina antes o después para cada uno (no cuando a mí me da la gana). Sé también que es fundamental predicar con el ejemplo, saber regular los propios pensamientos, las palabras, los actos. Sin juicios. En todo caso, mientras mi mente necesita ese tipo de combustible, juzgarme solo a mí misma, sin exigir nada a nadie. Ser como la flor de loto, que no piensa que el barro pueda ser un enemigo.





Nuestra casa-mundo puede ser mirada desde un ventanuco o desde la altura de una nube, desde sus sombras o desde sus luces. Los cuánticos dicen que es la propia mirada de quien observa la que colapsa las cosas para que sean de una manera o de otra (ellos dicen «los átomos», pero todo está formado por átomos), luego para mí es fundamental centrar la mirada en lo que quiero ver en lugar de seguir mirando —colapsando— lo que no quiero.

La inconsciencia, como la oscuridad, no tiene carta de naturaleza, sino que va camino de abrirse más y más, hasta producir personas tan íntegras y con tanta luz que ni llegan a ser conscientes de ello y que son como el pararrayos en la tormenta. Si fueran una cumbre, nadie querría bajarse de ahí.



sábado, 30 de enero de 2016

LAS DIOSAS DE MI CASA

Sola, con mis diosas, creyendo de verdad que me asisten y me arropan.
Creyendo, de verdad, que esperan lo mejor de mí. Que no puedo y no quiero defraudarlas porque si lo hiciera, me defraudaría a mí misma, y entonces, ellas, con su sabiduría de magas seculares, se escabullirían a sembrar inquietudes en otras. Y no por despecho, que es cosa de humanos, sino porque así son ellas de respetuosas.

No me amenazan. Me cuidan. Digo sí y están. Digo no y se van; donde otra que las quiera y las entienda.

No les importa el resultado; lo que quieren es que lo haga. No que lo intente. Que lo haga. Que eche el resto. Que vaya hasta el final.

Desde su punto de vista no cometo errores, al contrario: creen que cada paso que doy es un modo de acercarme un poco más a mis objetivos. No me juzgan. Los juicios de valor son solo míos.



Avanzar y apreciar cada
paso que doy.

De primeras, puede que no lo parezca y puede que parezca a veces que yerro el tiro, pero así de caprichoso es el camino. Es el modo en que lo oscuro me conduce a lo luminoso.

Y cuando me pasan cosas que me disgustan, recorro el camino inverso. Ellas me señalan por dónde ir hacia adentro, hacia el único lugar en el que es posible la reparación. Me señalan el camino de vuelta a casa.

Ahí es donde puedo parar. Primero, parar. Después, re-conectarme, re-cordar (magnífico verbo que implica "volver a pasar por el corazón"). Re-cordar que la vida es un aprendizaje constante, con exámenes constantes y con materias que a veces llevo preparadas y otras, no.

Y re-cordar que no tengo que agradar a quienes no comparten mis valores. Ni tengo que agradar todo el tiempo a quienes incluso los comparten. A veces, me equivoco; a veces, se equivocan ellos. Y qué, si puedo amarlos a pesar de todo. Eso me importa; es, en realidad, uno de mis valores máximos.

A fin de cuentas es lo que queremos, lo reconozcamos o no: amar y que nos amen. A pesar de no ser las más guapas, las más listas o las más exitosas.

Los ojos del amor son los ojos de mis diosas. Me los ceden para que mi mirada tome altura. Entonces todo depende de mí.




Yo escojo cómo quiero ver las cosas,
con independencia de cómo son.
Yo escojo qué me digo
con independencia
de lo que me pasa.

Y si el sistema de valores sociales no me ayuda, lo cambio por otro que sí lo haga y, a sugerencia suya —de mis diosas—, construyo el mío propio.

Ser feliz con lo que hago. Por y para todo aquello que me hace sonreír. Les hace feliz que sonría, tan lindas. Solo de eso se trataba.



Momentos así son los que marcan
el ritmo de mi vida.



viernes, 15 de enero de 2016

ATARDECE






Me quedo mirando, boba, la luz del atardecer: nubes pintadas de sutiles naranjas, ocres y rosas; o no tan sutiles a veces: una fogata de mil matices que rompe un cielo de nubes de cartón piedra, negras como la noche.

Cada día, superándose a sí mismo, cada ocaso, distinto.


Un despliegue que se me antoja imposible.


Lejos de repetirse las jugadas, pareciera que se añaden nuevas ocurrencias en un derroche de creatividad sin fin. Aunque semejante trabajo no se mantiene por mucho tiempo: no hay remilgos en deshacer la obra por mucha espectacularidad que tenga. Tampoco hay nadie que se atribuya la tarea o que, de algún modo, la reivindique. ¡Cuánto amor!, y cuánto desapego al mismo tiempo.




Mientras miro con ojos golosos, algo interrumpe el cuadro: una bandada de pájaros —tal vez grullas, cigüeñas o buitres— surca el cielo. Puedo pensar que es una formación aleatoria, pero me fijo mejor y veo que no, que sigue una estrategia: cada miembro se beneficia del rebufo del compañero, de la corriente de aire que promueve quien va delante. Hay sincronía. Pienso que un viaje así se vuelve tremendamente eficaz.




Pero me fijo mejor en el dibujo: es en uve, con uno a la cabeza. Ese no tiene ayuda de nadie. No sé si lo han elegido o se ha elegido a sí mismo por saberse capaz del desafío. Pienso en él. ¿Reclamará a sus colegas el mejor bocado en pago por su sobreesfuerzo?


Uno, a la cabeza.

Y pienso cuánto podemos aprender de ellos.

No hay lamentos, quejas, ni reproches —ni de los atardeceres, ni de los pájaros— porque hoy los humanos nos hayamos superado en atrocidades o no nos hayamos ocupado remotamente de sus necesidades. Ni los unos rebajan su espectacularidad porque se enfurruñen, ni los otros renuncian a su odisea por cansancio, depresión o desmotivación. Van adelante, sabiendo perfectamente hacia dónde dirigir su vuelo en un desempeño solidario.  


De mi sobrino Jokin, que anda por ahí.

Observándolos, me pregunto hacia dónde vamos a dirigir nosotros el nuestro, nuestro vuelo, nuestra forma de vida, que al final no se trata de vivir como invitados de piedra, sino de hacer que las cosas sucedan. De que cada quien arme posibilidades desde su esfuerzo y su capacidad. Como ellos. Porque sin profundidad no hay alma y, sin empeño, tampoco nada que valga la pena. Hagamos algo por la cultura del crecimiento, que aunque la casa es universal, los dormitorios son personales. Que cada quien haga lo que pueda, lo que sienta. Y si puede, sin quejas estériles, que el tiempo se desdibuja y se fatiga si no le echamos una mano. 

¡Hagamos que suceda lo imposible!





viernes, 23 de octubre de 2015

HAY CASAS...



Imagen de Architecture&Design.

... que ofrecen espectáculos maravillosos. Por su equilibrio, por lo que transmiten, porque una querría vivir ahí sin tocar nada o casi nada, casas que empiezan a ser un poco más respetuosas y sensibles. 


Y sin embargo hay otras... no aptas para cualquier sensibilidad, en las que su presunta belleza o acierto decorativo quedan sepultados por la ostentación. No puedo evitarlo: me resultan obscenas, las veo como tributos a la locura humana. ¿No se podría haber expresado lo mismo —dicho en términos literarios— de forma más sencilla, más clara, y sin tanto barroquismo superfluo?



Imagen de Architecture&Design.

Difícil no involucrarme emocionalmente. Llevamos ya tiempo hablando de conciencia ecológica, de sostenibilidad, pero ¿qué entenderán algunos por eso? Aunque puede que no les llegue ni la parte más alejada de la onda. 
No sé si vemos que en la naturaleza no se genera basura, que en ella los residuos que produce un ser vivo sirven de alimento a otro ser vivo, que no todos los sistemas crecen al mismo tiempo, que se va dando una inteligente alternancia. No sé si nos damos cuenta de que somos los humanos el auténtico problema.


Imagen de Cohousing Verde, una empresa que
apuesta muy en serio por la sostenibilidad.

Tienen página en Facebook.

Nos encontramos aún muy distantes de estar "ecológicamente alfabetizados", de que se fabriquen máquinas que podamos reintegrar a sus propietarios —los fabricantes—, para que puedan ser desmontadas y reutilizadas sus piezas una vez que su vida útil ha terminado. Estamos un poco más cerca quizá de las talas selectivas, pero barnices, pinturas y demás partes del proceso de fabricación siguen conteniendo tóxicos. No conozco iniciativas potentes para que la fabricación de muebles y alfombras quede libre de sustancias nocivas para la salud, cuyos desechos seguimos dejando en manos de un medio ambiente cada vez más saturado.



Mis tentativas de dar
con tratamientos naturales
para las alfombras
no han tenido éxito hasta la fecha.


Hay muchas casas que llaman mi atención, que me interesan desde un punto de vista estético, y que a pesar de no ser "eco", tampoco incurren en desmesuras. Es un modesto consuelo, pero nadie dijo que conquistar un nuevo estatu quo con valores que cuestionan nuestros modos actuales de vida, fuera a ser tarea fácil. En fin: algo es algo.



Imagen de Architecture&Design.
Aquí, el mayor lujo, el espacio.






viernes, 25 de septiembre de 2015

PIEDRAS (III)

Las piedras tienen la virtud de sorprenderme, quizá porque se me hace que son como relatos. No sé de qué medios se valían para atacar de esa manera perfecta la resistencia de un elemento tan poco maleable, esas estructuras tan sólidas, pero sí, me dejan con la boca abierta. Como si se tratara de sueños y poemas de piedra.


Duomo, Mantua


Portada Duomo, 
Mantua
Nave de la catedral
Marquetería en
pavimento
Basa de columna















Me sigo fijando en las piedras importantes, las legendarias y metamorfoseadas, las que muestran a las claras lo que llevan impreso en sí mismas, toda esa creatividad y el trabajo de los hombres. Hay una riqueza en ellas que llamaría elocuente. Son buenas tallas, perfectamente calibradas, cinceladas, equilibradas. Algo así como "piedras civilizadas".


Dante Alighieri, Pizaza dei Signori, Verona.

Tres esculturas romanas en el Palazzo Ducale de Mantua que ponen al descubierto esa intimidad que también encierra la piedra:

Fauno danzante.
Anónimo.
Apolo de Mantua.
Siglo II d.C.
Pie de mármol.
Siglos I-II d.C.


 

Transición del barroco al clasicismo en la Universidad de Ciencias Políticas de Bolonia: piedras regias, seguras de sí mismas, orgullosas de ostentar el cometido de adornar un lugar ilustre.





Pero hay otras piedras menos vistosas que guardan una riqueza secreta, una riqueza austera y modesta que les viene dada por el mero hecho de su simplicidad. Adolezco de un romanticismo enfermizo y me las quedo observando. Piedras que no valen para formar palacios, ni iglesias ni casas, piedras humildes que me asombran y que construyeron nuestros caminos y calzadas hasta hace bien poco; piedras a las que cantó Paco Ibáñez por obra y gracia de la poesía de León Felipe y de la que transcribo estos maravillosos versos, mucho más elocuentes que cualquier cosa que yo pueda decir:


[...]
como tú,                                                          
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras; 
[...] 



Una calle milanesa

[...]

como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;

[...]    


Camino al monte Stivo, Arco.























Dejo a las piedras descansar. Sé que si alguna vez vuelvo al monte Stivo y aunque pueda parecerme lo contrario, ninguna de ellas estará en el mismo lugar. Suele suceder con todo lo hermoso, que metamorfosea sin que nuestros ojos puedan apreciarlo. 

Termino con unos versos que también traen piedras, piedras para defender los paraísos personales:


Y cada uno en su camino va cantando espantando sus penas
Y cada cual en su destino va llenando de soles sus venas
Y yo aquí sigo en mi trinchera, corazón, tirando piedras
Contra la última frontera.

Carlos Chaouen




viernes, 11 de septiembre de 2015

PIEDRAS (I)




Duomo, Milán




Septiembre lleva ya unos días por aquí y también yo prometí volver en septiembre.
Por fin he terminado mi máster —¡puf!, y contenta—, estoy a punto de hacer lo mismo con el otro curso —menudo año...—, y me ha cundido hasta para darme una vuelta por el norte de Italia y ver piedras, muchas piedras. En calles, pavimentos, esculturas, columnas, castillos, iglesias, catedrales. Asombrándome con todas ellas. Creo que caminamos así: de belleza minúscula en belleza minúscula, en busca de la belleza mayúscula.


Hay algo que me fascina de la vida humana y son las paradojas y contradicciones que contiene. 

Me explico: voy caminando entre edificios que rezuman historia y veo "eso" que asoma al fondo. Y me quedo boquiabierta; y no puede ser de otra manera... Entrar en una catedral, en este caso el Duomo de Milán, salvo que seas devoto convencional y no quieras preguntarte nada —por amenaza de anatema—, te mantiene entre incrédulo e inquisitivo durante el tiempo que dura la visita. Y aún después. 

¿Cómo pudo haberse construido algo así, tan incomparablemente hermoso, de no haber habido hambre de lo sublime, temor y hasta terror de lo sobrehumano, sentimientos de culpa, ingenuidad, anhelo de gloria terrenal, de infinitud, abuso y sometimiento de iguales, y todo ello al mismo tiempo? Es de una belleza suprema, tanto por lo grandioso del conjunto como por lo laborioso de cada pequeño detalle.


   



Me pregunto qué cotas de sensibilidad artístico-estética que presupondrían haber dejado las miserias de la supervivencia muy atrás, nos habrían hecho falta para levantar obras de tal calibre en una sociedad igualitaria y profana; en qué términos se concretaría un modo de ser que, profano y todo, estuviera basado en valores y en proyectos extraordinarios de vida humana. No tiene fácil respuesta. Una altura que solo algunas almas grandes han logrado. 

No sé por qué, pero la contemplación de estos gigantes de piedra me permite hacer algún modo de alquimia con el pasado, rehabilitarlo, redimirlo. Quizá porque veo su cara y su envés. Y las paradojas que nos siguen asistiendo. 


"Eso", al fondo. 


Lo que ha salido de la inteligencia creadora del ser humano —como la llamaría Jose Antonio Marina— rebasa con frecuencia la mera humanidad. En este tipo de construcciones hay algo que la estricta mirada física no capta: todo eso que evocan. 

Continuaremos hablando de piedras.