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viernes, 11 de marzo de 2016

PENSAR COMO PIENSAN LOS ARTISTAS (II)

Hay una idea muy provocativa en el libro de Will Gompertz: los artistas roban. Y razona: "Un artista es un imitador en busca de voz propia".



Tamara de Lempicka, fusionaba estilos
antiguos y temas actuales.


Creemos que viven tocados por la mano de los dioses y que crean de la nada, pero no es así. Se aúpan en sus predecesores, imitan y hasta roban. Marcel Duchamp, extravagante y provocador, no tuvo reparos en exponer su idea de convertir los objetos cotidianos en obras de arte, incluso en pretender hacer del arte algo «útil». Por supuesto, fue criticado, ya que en tales objetos nunca hubo intención de hacer arte. Él, uno de los principales referentes artísticos del siglo XX, replicaba que tampoco la hubo en la ejecución de la momia de Tutankamon y que todo el mundo la quería ver y tocar. Lo suyo era desafiar las convenciones. Decía: «¿Puede uno hacer obras de arte que no sean arte?». Sirva como ejemplo de un peculiar punto de vista y de un atrevimiento poco común, al menos hace cien años.



Mingitorio de Duchamp, firmado como R. Mutt,
aunque todavía se discute si fue él
el autor de la «broma».

Otro ejemplo de artista «ladrón» es el propio Picasso, que luego revolucionaría el panorama del arte en su conjunto. Una cita suya: 

“Todo niño es un artista. El problema es cómo seguir siendo artista cuando uno crece”.

Pero vayamos por partes: José Antonio Marina, uno de mis autores de cabecera, dice que crear es hacer que algo que no existía exista. Estoy de acuerdo. Pero no en que no existiera en absoluto, porque imaginar la nada como tal... ¿Quién puede concebir un «no ser» absoluto y, más aún, trabajar con él?

Otros autores dicen que crear es hacer aparecer algo que estaba oculto, como re-combinar los mismos elementos de un modo distinto. ¿Tomar lo de siempre y darle una vuelta? ¿Dónde está entonces lo insólito, lo infrecuente, lo que provoca el salto cualitativo cuando interpretamos lo conocido? ¿Dónde está eso que lo distingue como novedoso?



Cuentan que Madonna se inspiró 
en Tamara de Lempicka para
 crear este vídeo.

Hemos de retroceder un poco:

Los opuestos fluyen el uno en el otro. En términos actuales y neurobiológicos viene a decir que tenemos dos hemisferios: derecho e izquierdo, creativo y lógico, primario y secundario. Dos; no uno. Con ambos hemos de trabajar.

Las prácticas de brainstorming (típicas de los ámbitos creativos) invitan a ello, a soltar lo que venga a la cabeza, a lo loco, sin filtros. Y solo después evaluar lo que ha producido la mente «loca», descartando lo que parece que no va y escogiendo lo que parece que sí va. Al cerebro secundario —lógico y censor—, solo le interesa lo mensurable, lo calculable, lo que puede probarse. Todo lo que sale del otro —en realidad, la puerta del inconsciente— son tonterías sin tino; y está alerta a boicotear cualquier salida de tiesto que proceda de ahí.

De manera que si nos tomamos las cosas demasiado en serio, en «modo juzgar», y no pasamos al «modo jugar» —sin la z—, no lo logramos. Nada perjudica más que pensar que uno es como es y que no puede cambiar, que no puede dar más de sí, que no puede ser una versión mejorada de sí mismo.



Imagen de Internet.

Porque una idea puede no ser buena, pero hasta que no la aplicamos a un campo que nos interesa y que dominamos un poco no lo podemos saber. Todo está inventado ya, de manera que solo podemos hacer nuevas combinaciones sobre cosas que otros hicieron antes.



Imagen de Internet.

Lo mágico del asunto, dice Gompertz, es que nadie hará nuestras mismas combinaciones. ¡Y es tan importante que compartamos nuestra visión! Con ilusión, con alegría, con independencia del resultado; desde el corazón. Solo así podremos quizá tocar el corazón de otra persona. 

Porque hay algo que también hacen los artistas: se la juegan, son valientes. Quizá es el tipo de valor que llevado al extremo da la vida por otros, como sospecha Gompertz. Y solo así, con buenas dosis de osadía, es como vamos abriendo la mente colectiva. 

Puede ser que primero robemos (mientras nos buscamos, nos formamos una opinión, damos con nuestro posicionamiento vital, nuestro estilo), pero luego, si no entregamos el resultado de nuestra combinación, robar se convierte en delito.

No vale la pena incurrir en ello cuando, al fin y al cabo, solo veníamos a jugar.





viernes, 26 de febrero de 2016

PENSAR COMO PIENSAN LOS ARTISTAS (I)


En un mundo tan prolífico como el que tenemos, ¿quién diría que no hay tanto elementos de puro azar como evidencias manifiestas? 


Detrás de mí, un enigmático Pollock.


Para ver si se trata de casualidades o de "causalidades" hay que jugar un poco. Digo jugar porque hay que cambiar de chip y cambiar de chip es algo que hace protestar a la mente. Por ejemplo: orden y caos, caos y orden, que no son sino aspectos contrapuestos y solidarios, parece que forzaran a la cabeza a debatirse entre uno y otro, cuando lo cierto es que del orden sobreviene el desorden y del desorden, el orden. Pasa igual entre arriba y abajo, joven y viejo, sístole y diástole, pasado y futuro, presente y ausente, celestial e infernal. O entre tradición y vanguardia. Nada es estable. Nosotros mismos fluctuamos entre lo uno y lo otro. Ese flujo dinámico que llamamos vida lo produce así. 

He terminado de leer una obra con un título que me ha sugerido el de esta entrada: Piensa como un artista, de Will Gompertz, crítico y director de Arte de la BBC. En ella, este genial pensador despoja al acto creativo de su mito romántico y relata los vericuetos por los que pasa ese impulso inicial hasta culminar en algo valioso. 





No es una línea recta. No es un arrebato súbito que arranca en un punto y se dirige derechito a su conclusión, como si la genialidad viniera acompañada de cierta ventaja ejecutiva o de un permanente estado de "flujo", que serían su secreto y su razón de ser. Es... y no es así. Gompertz menciona varios ingredientes imprescindibles que acompañan al espíritu creativo: 

-Pasión.
-Interés.
-Curiosidad.
-Inspiración.
-Experimentación.

Otros que se deslizan a lo largo del libro y que son tan necesarios como los anteriores: 

-Habilidad, conocimiento.
-Emprendimiento y perseverencia. 

Uno más:

-Osadía: estar dispuesto a exponerse a la mirada ajena, admitir los errores.

Y además hace algo mejor: coloca a la noción de fracaso en su justo lugar: el de la renuncia. Fracasar es dejar de intentarlo, quedarse a vivir en una de las etapas de la experimentación, no llegar hasta el final. ¿Es el último golpe que da el escultor, con el que culmina la obra, más válido que el primero?, se pregunta. ¿Damos menos valor al gateo con que se inicia una criatura que al instante en que al fin logra ponerse en pie?, me pregunto yo.


La Pietà, de Miguel Ángel:
la perfección como aspiración.


Edison (sí, el de las bombillas) es un ejemplo de no rendición: "No he fracasado diez mil veces. No he fracasado una sola vez. He tenido éxito al encontrar diez mil métodos que no funcionan. Una vez eliminados los que no funcionan, encontré el que funciona". Tampoco fracasaron personajes como Walt Disney, Steve Jobs, John Lennon o Le Corbusier. Lo que hicieron fue transitar rutas menos convencionales.

¿Dónde se dice que tras los fracasos haya que tirar la toalla? ¿Por qué no tomarlos como fases del proceso creativo? Ser víctima de una estafa, de un despido o el rechazo de una novela son puertas que se cierran, pero de ahí a tomarse esas desgracias como sentencias condenatorias... hay un trecho.



Dos pinturas de Georgia O´keeffe. Emociones
 extractadas dentro del todo. 
La música, 
la mujer, la pintura. 



Georgia O´keeffe.






















Gompertz dice que "cada vez seremos más quienes nos dedicaremos a crear como reacción a los perturbadores efectos de la revolución digital", tan facilitadora como abrumadora, tan abierta al mundo como usurpadora de intimidad y de tiempo. Recomienda, a modo de antídoto, poner a trabajar la imaginación, "la forma definitiva de afirmar nuestra humanidad".

¿Y cómo empezar? 

Dejando el control y la racionalidad estricta a un lado, desinhibiéndonos, perdiendo el miedo a no ser lo bastante originales o lo bastante buenos... Con un poco de humildad. ¿Qué tal si no nos tomamos tan en serio a nosotros mismos ya que, a fin de cuentas —como decían Les Luthiers—, no saldremos vivos de aquí? 

El talento se descubre, se desvela, se trabaja y se mejora. No sucede de golpe. Ahí es donde el chip debe cambiar. 


Piet Mondrian:
uno de mis favoritos.


Otro: mi admirado Rotko.

Os contaré cómo deduzco que va esto. No hay dos caminos iguales, pero se dan coincidencias. Sirvan estas dos citas como anticipo: 

«Observemos la obra temprana de cualquier artista y descubriremos a un imitador en busca de voz propia». Will Gompertz.

«No somos robots. La vida es más emocionante cuando tienes una opinión». Cheryl Lynn Bruce.


viernes, 25 de septiembre de 2015

PIEDRAS (III)

Las piedras tienen la virtud de sorprenderme, quizá porque se me hace que son como relatos. No sé de qué medios se valían para atacar de esa manera perfecta la resistencia de un elemento tan poco maleable, esas estructuras tan sólidas, pero sí, me dejan con la boca abierta. Como si se tratara de sueños y poemas de piedra.


Duomo, Mantua


Portada Duomo, 
Mantua
Nave de la catedral
Marquetería en
pavimento
Basa de columna















Me sigo fijando en las piedras importantes, las legendarias y metamorfoseadas, las que muestran a las claras lo que llevan impreso en sí mismas, toda esa creatividad y el trabajo de los hombres. Hay una riqueza en ellas que llamaría elocuente. Son buenas tallas, perfectamente calibradas, cinceladas, equilibradas. Algo así como "piedras civilizadas".


Dante Alighieri, Pizaza dei Signori, Verona.

Tres esculturas romanas en el Palazzo Ducale de Mantua que ponen al descubierto esa intimidad que también encierra la piedra:

Fauno danzante.
Anónimo.
Apolo de Mantua.
Siglo II d.C.
Pie de mármol.
Siglos I-II d.C.


 

Transición del barroco al clasicismo en la Universidad de Ciencias Políticas de Bolonia: piedras regias, seguras de sí mismas, orgullosas de ostentar el cometido de adornar un lugar ilustre.





Pero hay otras piedras menos vistosas que guardan una riqueza secreta, una riqueza austera y modesta que les viene dada por el mero hecho de su simplicidad. Adolezco de un romanticismo enfermizo y me las quedo observando. Piedras que no valen para formar palacios, ni iglesias ni casas, piedras humildes que me asombran y que construyeron nuestros caminos y calzadas hasta hace bien poco; piedras a las que cantó Paco Ibáñez por obra y gracia de la poesía de León Felipe y de la que transcribo estos maravillosos versos, mucho más elocuentes que cualquier cosa que yo pueda decir:


[...]
como tú,                                                          
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras; 
[...] 



Una calle milanesa

[...]

como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;

[...]    


Camino al monte Stivo, Arco.























Dejo a las piedras descansar. Sé que si alguna vez vuelvo al monte Stivo y aunque pueda parecerme lo contrario, ninguna de ellas estará en el mismo lugar. Suele suceder con todo lo hermoso, que metamorfosea sin que nuestros ojos puedan apreciarlo. 

Termino con unos versos que también traen piedras, piedras para defender los paraísos personales:


Y cada uno en su camino va cantando espantando sus penas
Y cada cual en su destino va llenando de soles sus venas
Y yo aquí sigo en mi trinchera, corazón, tirando piedras
Contra la última frontera.

Carlos Chaouen




sábado, 19 de septiembre de 2015


PIEDRAS (II)


Anfiteatro romano, en Verona.
Por su extraordinaria acústica,
da servicio a frecuentes 
representaciones 
de ópera.

¡Cuánta piedra por ver hay en Italia!
En las que forman palacios, castillos, museos y todo tipo de casas nobles se percibe una gran solemnidad. Son piedras poderosas, y me atrevería a decir que con sentido manifiesto de su propia importancia. Me imagino ser piedra y que alguien me escogiera para semejante destino. Solo de pensarlo se me infla el ego.

  Castelo Sforzesco, Milán
 Palazzo del Podestà, Bérgamo

Piedra y policromía. Città Alta,
Bérgamo.


Muralla, Bérgamo.
Ya en 1230 los bergamascos hablaban de proveer seguridad e
igualdad para todos los ciudadanos, aunque las murallas
se construyeron en 1407.













Las piedras han construido nuestros pueblos y ciudades hasta que otros materiales más económicos y manejables vinieran a sustituirlas. Si fuéramos capaces de hablar su lenguaje, nos contarían cosas de nosotros que nosotros mismos ignoramos. Por suerte, hay quien las ha sabido escuchar hasta el punto de adivinar qué puede llegar a esconder su alma (y mientras, otros se preguntan si existen los milagros...). Si me escogieran —como piedra— para hacer esto conmigo, mi ego botaría hasta acabar saltando por los aires.

Tres esculturas del Museo Histórico de Bérgamo:


  






Estas otras tienen su casa en la Escuela de Ciencias Políticas de Bolonia, un buen lugar para tenerlo como residencia, acorde a su categoría:

 


Italia es de piedra y es encontrarse con piedras a cada paso, en fachadas, en interiores, columnatas, calzadas; evocadoras y no tanto, aunque a mí se me vayan los ojos detrás de todas, de las que construyen castillos y de las que conducen a ellos. Me encanta contemplar las unas y las otras. 


Locanda del bel soriso, Trento.
Plaza del Duomo, Trento.
Fosa de los mártires, Trento

Una calle de Arco...
... y subida al Castelo.
Castelo de Arco.







Sé que lo que yo veo solo lo veo yo, que quizá mi visión difiere de la de otros, quién sabe si porque pongo algo de mí en cada cosa que veo, o si es culpa de lo que veo, que me cautiva y me confunde. Es como si, al observar una de ellas, me revelara un cierto secreto, un fogonazo de lo que esconde. Cada piedra guarda su verdad, como mínimo, la de las manos que las sostuvieron.


Un revoco por el que asoma la piedra.


Por eso advierto para quien no vea igual que seguiré hablando de piedras.




viernes, 11 de septiembre de 2015

PIEDRAS (I)




Duomo, Milán




Septiembre lleva ya unos días por aquí y también yo prometí volver en septiembre.
Por fin he terminado mi máster —¡puf!, y contenta—, estoy a punto de hacer lo mismo con el otro curso —menudo año...—, y me ha cundido hasta para darme una vuelta por el norte de Italia y ver piedras, muchas piedras. En calles, pavimentos, esculturas, columnas, castillos, iglesias, catedrales. Asombrándome con todas ellas. Creo que caminamos así: de belleza minúscula en belleza minúscula, en busca de la belleza mayúscula.


Hay algo que me fascina de la vida humana y son las paradojas y contradicciones que contiene. 

Me explico: voy caminando entre edificios que rezuman historia y veo "eso" que asoma al fondo. Y me quedo boquiabierta; y no puede ser de otra manera... Entrar en una catedral, en este caso el Duomo de Milán, salvo que seas devoto convencional y no quieras preguntarte nada —por amenaza de anatema—, te mantiene entre incrédulo e inquisitivo durante el tiempo que dura la visita. Y aún después. 

¿Cómo pudo haberse construido algo así, tan incomparablemente hermoso, de no haber habido hambre de lo sublime, temor y hasta terror de lo sobrehumano, sentimientos de culpa, ingenuidad, anhelo de gloria terrenal, de infinitud, abuso y sometimiento de iguales, y todo ello al mismo tiempo? Es de una belleza suprema, tanto por lo grandioso del conjunto como por lo laborioso de cada pequeño detalle.


   



Me pregunto qué cotas de sensibilidad artístico-estética que presupondrían haber dejado las miserias de la supervivencia muy atrás, nos habrían hecho falta para levantar obras de tal calibre en una sociedad igualitaria y profana; en qué términos se concretaría un modo de ser que, profano y todo, estuviera basado en valores y en proyectos extraordinarios de vida humana. No tiene fácil respuesta. Una altura que solo algunas almas grandes han logrado. 

No sé por qué, pero la contemplación de estos gigantes de piedra me permite hacer algún modo de alquimia con el pasado, rehabilitarlo, redimirlo. Quizá porque veo su cara y su envés. Y las paradojas que nos siguen asistiendo. 


"Eso", al fondo. 


Lo que ha salido de la inteligencia creadora del ser humano —como la llamaría Jose Antonio Marina— rebasa con frecuencia la mera humanidad. En este tipo de construcciones hay algo que la estricta mirada física no capta: todo eso que evocan. 

Continuaremos hablando de piedras.